No es sorprendente que una parte de la opinión pública del país haya volteado la mirada hacia Marcelo Ebrard. AMLO ha tenido el peculiar efecto de redimensionar a otros políticos contemporáneos. Cuauhtémoc Cárdenas, el otrora caudillo imprescindible del PRD y candidato perenne a la presidencia, ahora tiene la talla de estadista y recibe premios por doquier. Sin el tabasqueño no lo miraríamos de esa manera. Ante a AMLO parece un Felipe González mexicano.  De la misma manera, frente a  López Obrador Ebrad  parece un político moderno, en sus formas, su lenguaje y sus causas. Nada de mafia del poder, presidencias legítimas ni mandar al diablo a las instituciones. La ciudad de México abrazó con entusiasmo las reivindicaciones de las minorías, como el matrimonio gay. Sin embargo, sus simpatizantes harían bien en mirar con cuidado lo que el ahora ex jefe de gobierno ha hecho en materia de derechos humanos. Su mandato se despidió con abusos policiacos. No es una anomalía. La izquierda del arcoíris también ha sido la izquierda del tolete. Nada más preocupante hay en el expediente político de Marcelo Ebrard que el uso  que ha hecho de la fuerza pública. No sólo como jefe de gobierno, sino antes, como responsable de la seguridad de la ciudad. Su actuación durante el linchamiento de dos de agentes federales en Tlahuac fue censurable. En 2004 una turba linchó a dos oficiales encubiertos mientras la policía local permanecía en las afueras del pueblo de San Juan Ixtayopan.  Su destitución, llevada a cabo por Vicente Fox, fue sin duda un acto político, pero no del todo carente de bases.

Arropado por un aura de progresismo, Ebrad no dudó  en reprimir a quienes disintieron de sus políticas, como los opositores a sus obras viales. Vecinos y activistas fueron golpeados con completa impunidad por granaderos. Su mandato se despidió con un acto de fuerza. No sabemos cuántos de los presos en los disturbios del 1 de diciembre son vándalos, lo que sí sabemos, por videos públicos, es que al menos algunos de los arrestados eran transeúntes que pasaban por ahí o manifestantes que no iban armados y no agredían a las autoridades. Esto no es una anomalía, es la constatación de un estilo de gobernar que en una mano sostiene una flor y en la otra blande un garrote. De la misma manera, Ebrad no parece haber abandonado uno de los vicios políticos del antiguo régimen: el patrimonialismo. Lo traiciona el lenguaje a cada paso. Después de los destrozos de los vándalos en el centro de la ciudad, el jefe de gobierno tuiteó: “Ya limpié mi hemiciclo”. La ciudad de Ebrard era su ciudad. La izquierda del tolete no es moderna, es tal vez menos arcaica que la izquierda lopezobradorista, pero ninguna opción política que desprecie los derechos humanos, así presuma credenciales de corrección política, puede ser moderna.