Por José Antonio Aguilar Rivera

El premio y la polémica. Desde que se anunció al autor peruano como ganador del Premio FIL, se desataron las críticas

(14 octubre 2012).- ¿Debe un jurado literario avalar no sólo la obra de un escritor, sino su conducta ética? Creo que ésta es una pregunta válida que no tiene una respuesta rápida ni sencilla. ¿Qué pasa si un autor es un gran novelista y un gran pillo? ¿Debe el jurado ignorar las conductas éticas que caen fuera del ámbito literario? Reconozco que personas razonables y honorables pueden diferir en este asunto. Por ello, me parece necesario elaborar las razones que en mi caso me condujeron a firmar la petición para que le fuera retirado el premio FIL de Literatura a Alfredo Bryce Echenique. No creo que esta manifestación constituya inquisición de ningún tipo ni que sea mucho menos ilegal. De la misma forma, creo en la sinceridad de los miembros del jurado que han explicado sus razones. Decir que no las comparto no los descalifica. Simplemente creo que se equivocaron. Mi decisión, y hablo a título personal, se basó en las siguientes consideraciones.

La primera tiene que ver con el hecho simbólico de premiar. Un premio literario, por más que se quiera, nunca puede aislarse de consideraciones extrañas al ámbito en cuestión. ¿Premiaríamos a un multihomicida, así fuera un gran escritor? Nuestro sentido moral nos dice que no sería correcto. ¿Por qué? La respuesta no es evidente. El premio, después de todo, es un reconocimiento a la obra literaria solamente, no a la calidad humana en general. Sin embargo, las personas son unidades morales que no pueden ser segmentadas. Los aspectos extraliterarios nunca pueden abstraerse del todo de otras consideraciones. Podemos intentarlo, pero sólo hasta cierto punto. Y tal vez no sea una mala idea que así sea. Las decisiones -políticas, personales, ideológicas, etcétera- que los escritores toman los configuran como individuos. Un premio es una distinción, un mensaje de que la sociedad valora y honra a una persona por sus logros. La obra no es una persona. Así cuando se premia a un escritor, así sea post mortem, se premia a una persona, que no sólo es un escritor. No va a recoger el premio sólo su parte literaria.

Por eso nos parece equivocado premiar a individuos que han transgredido ciertas normas morales, aunque estas transgresiones no atañan a veces directamente a su obra. Piénsese en la controversia sobre Heidegger, su filosofía y el nazismo que profesó. Hay algo artificioso en la afirmación de que se premia a Bryce el novelista y cuentista y no al cínico plagiario de ensayos. ¿Podemos separarlos nítidamente? Es cierto que hasta donde sabemos nadie ha acusado a Bryce de plagiar sus novelas, que son las que el jurado reconoció en primer lugar. Sin embargo, al recibir un premio un individuo (no sólo una parte de él o ella) se convierte por este hecho en una figura ejemplar. Es probable que su mérito literario sea superior a sus flaquezas. Es posible que sus obras sean clásicas, pero eso no es suficiente para que reciba un reconocimiento público. D’Annunzio también era un gran escritor, pero no podemos ignorar que era un fascista.

Si no podemos aislar completamente los aspectos extraliterarios de la vida de un escritor, la pregunta es, ¿cuánto deben pesar al momento de decidir premiar a un autor? Me parece que la gravedad y magnitud de la falta es sin duda relevante. Claramente no es lo mismo un homicidio que una infracción de tráfico. Uno pesa más que el otro. ¿Qué tan grave es el delito en cuestión? El plagio, robar el trabajo intelectual y creativo de otros, es a mi juicio lo suficientemente grave -aunque no se trate de sus novelas- para que la sociedad no premie a un autor que ha incurrido en esta falta. No se trata de un crimen sin víctimas. Tampoco es una mera flaqueza moral. Los plagios que cometió lastimaron a numerosas personas, moral y patrimonialmente. Fue una práctica repetida en el tiempo, no una debilidad momentánea. Bryce no ha reconocido que hizo mal, resarcido voluntariamente el daño, ni pedido públicamente disculpas a los agraviados -los autores y los lectores- por sus acciones. Es cierto, como afirma el jurado, que no es un tribunal criminal para juzgar un caso. Pero la transgresión cometida por Bryce no necesita de mucha interpretación judicial. No se trata de un complicado expediente sólo accesible a los abogados. La evidencia está a la vista de todos y el jurado no puede ni debió darle la vuelta. Al premiar a Bryce castigaron implícitamente a las víctimas del plagiario. Así que las conductas extraliterarias del autor, a mi juicio, son lo suficientemente graves y censurables como para ser tomadas en cuenta por el jurado y no convertirlo, en virtud de este premio, en un ejemplo para otros. Es una conclusión debatible, por supuesto, pero me parece defendible.

En segundo lugar, el plagio no es una falta cualquiera; atañe directamente a la actividad creativa e intelectual. Importa menos que haya plagiado ensayos y no novelas. Debería ser, por ello, particularmente, relevante para el jurado. La apropiación del trabajo intelectual de otros está vinculada claramente con el acto de la creación literaria. En otras palabras, las acciones reprobables, los plagios, que pueden ser comprobadas por cualquiera sin la necesidad de una resolución judicial, atañen directamente a la escritura, que es la materia relevante en este caso. Finalmente, me parece que hay una carencia de prudencia. Es imposible eliminar la subjetividad de una decisión de esta naturaleza. El mérito literario es subjetivo. Sin embargo, el plagio como lo cometió Bryce no lo es. Es difícil creer que no hubiera otros escritores con igual o mayor mérito que no estuvieran lastrados por la falta de honestidad intelectual. Por estas razones me parece que el jurado, a pesar de tener argumentos atendibles, se equivocó en conceder el premio FIL a Alfredo Bryce Echenique.

Ensayista