Creo que varios de los puntos que menciona en su respuesta son atendibles; no existió, como hubiera sido deseable, un diálogo fluido sobre los asuntos que a usted le parecían anomalías no explicadas suficientemente. Sin embargo, sostengo el adjetivo de temerario.  Un punto que documenta Javier Aparicio sobre los errores en las actas, y que no recibió la debida atención de su parte, es que los numerosos errores no tienen un sesgo hacia ningún candidato. Ese es un dato empírico importante. De la misma manera, el lenguaje que utilizó en su artículo me parece imprudente en varios momentos. Por ejemplo, en la misma p. 7 asienta: “Dichos errores muestran la capacidad de funcionarios del IFE de interferir con el funcionamiento de las computadoras que elaboraron dichos reportes, añadiendo, eliminando y modificando datos”.  El IFE señaló en su momento que los movimientos que detectó se debieron a la forma de sumar los votos en el extranjero. Cometieron un error y lo corrigieron. Eso es evidencia de que hubo un error. Me parece que la cita se apega a la definición de “temerario”, porque imprudentemente parece sugerir que la operación normal del sistema –las correcciones humanas– es de alguna forma anómala o indebida. Hay un punto más amplio aquí. Recuerdo una advertencia usual en los cursos de introducción al análisis de datos: un estudiante armado de incipientes conocimientos es mucho más peligroso que un completo ignorante. Sabe lo suficiente para correr el programa, pero no se percata cabalmente de las complicaciones y sutilezas inherentes al análisis. Por ello saca conclusiones espurias con facilidad. Son las deficiencias del aprendiz. Lo único que demostraba su escrito es que el sistema era perfectible y que, en última instancia, estaba operado por humanos. Saber matemáticas, aun si uno es un físico nuclear, no lo califica de analista electoral. Es imprudente y temerario sobreestimar los errores que ocurren naturalmente en una operación tan compleja como una elección conducida por cientos de miles de ciudadanos, y funcionarios del IFE, que pueden equivocarse a cada paso, como de hecho ocurre. Algunos de esos errores son muy evidentes, otros no lo son. No me parece prudente revisar cada minucia con la lupa del sospechosismo. Esa estrategia nos lleva a una imprudente “persecución de gansos salvajes” (wild goose chase), es decir, a una búsqueda desesperada y sin sentido. No es equivocado, es simplemente temerario, es decir imprudente. En lo que hace a los dos ejemplos que cita, Javier Aparicio podrá hacer las precisiones que considere necesarias en su momento. Sin embargo, de su análisis comparativo de los errores aritméticos de las actas de las elecciones de 2000, 2003 y 2006 podemos deducir lo siguiente. Tiene usted razón al hacer notar que los errores de actas no se cancelan entre casillas básicas y contiguas. Por ello, lo más probable es que los ciudadanos contaron mal las boletas o se equivocaron al llenar las actas. Sin embargo, este tipo de errores no fue exclusivo de la elección de 2006, Aparicio documenta que ocurrieron también en 2000 y 2003. Con todo, en ninguna de esas tres elecciones los errores tuvieron un sesgo en casillas ganadas por algún candidato. Ahora  la ley mandata recuentos mucho más amplios, como ocurrió este año. Sin embargo, aun cuando se lleven a cabo recuentos masivos los resultados  no cambian. Y más todavía: aun después de haber recontado un casilla ocurre que en muchas ocasiones hay errores que no desaparecen. Pero estos errores no son determinantes porque no favorecen a un candidato en particular. Seguir la pista de los innumerables vericuetos de los errores electorales puede ser entretenido, pero creo que podríamos utilizar nuestro tiempo, inteligencia y energía en otras tareas más importantes. Como desentrañar el origen del universo. O diseñar una mejor legislación electoral.