Por José Antonio Aguilar Rivera

Opinión

(25 noviembre 2012).- Cuando terminó el largo periodo de autoritarismo priista, en 2000, había una entendible incertidumbre sobre la política cultural del nuevo Presidente, Vicente Fox. Aunque el Partido Acción Nacional (PAN) fue fundado por algunos intelectuales, como Manuel Gómez Morín, no se había distinguido particularmente por su proyecto cultural. El primer presidente de oposición parecía más figura de palenque y feria que un hombre que entendiera cabalmente el legado cultural del Estado mexicano. Durante los años de su hegemonía indiscutible, el PRI construyó un aparato cultural que pobló con una burocracia propia. Ese arreglo reflejó la compleja relación entre los intelectuales y artistas y el régimen posrevolucionario. Muchos temían que la alternancia en la Presidencia destruyera ese entramado, cuya cabeza era el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), creado en el sexenio de Carlos Salinas. ¿Cuál es el saldo después de 12 años de gobiernos panistas?

Lo primero que debe apuntarse es una notable continuidad. La política cultural del PAN siguió los programas que fueron creados por los gobiernos anteriores. El sistema de estímulos y becas, el Fonca, no fue suspendido. La prudencia emanó, en parte, de un sentido político. Los artistas y creadores son un grupo crítico muy vocal. Los gobiernos del PAN no quisieron antagonizarlo. Más duro con los artistas fue, en cierto sentido, Andrés López Obrador, el otro populista de la política mexicana. Cierta inercia privó en la conducción de la cultura. Fox nunca tuvo mucho interés en los creadores. Nunca logró reclutar a un cuadro de burócratas de la cultura de alto nivel, empezando por la directora del Conaculta. Pero el organismo no fue desmantelado y continuó haciendo más o menos lo que venía haciendo antes del Señor de las Botas.

A diferencia de Fox, Felipe Calderón nombró a un miembro de la comunidad cultural a la cabeza del organismo: Sergio Vela. Sin embargo fue menos capaz de navegar las agitadas aguas de la política cultural que su predecesora, Sari Bermúdez. El primer titular del Conaculta fue removido en medio de un escándalo. Lo sustituyó la eficiente Consuelo Sáizar, cuya gestión en el Fondo de Cultura fue, me parece, muy exitosa. Bajo su dirección se amplió y modernizó la red de librerías del FCE y la editorial dio buenas cuentas gracias a una atinada administración. Su actuación en el Conaculta llevó lo aprendido en el FCE a esa dependencia. A diferencia de su predecesor, Sáizar logró concretar líneas específicas de política. Lo hizo con un estilo de dirigir que no gustó a todos, pero que fue indudablemente eficaz. Su gestión tuvo líneas concretas, como la promoción del cine, la labor editorial y el impulso a la música. Logró en los dos últimos años disminuir la proporción del gasto de operación en relación al de inversión en el gasto total del organismo.

En lo que hace a las becas, el presupuesto del Fonca entre 2006 y 2012 prácticamente se duplicó, pues pasó de 195 a 385 millones de pesos. Sáizar se atrevió a meterse en el espinoso asunto de las becas para creadores. Su objetivo fue aumentar el número de estímulos. En el sexenio de Fox se otorgaron 4 mil 112 becas, mientras que entre 2007 y 2012 se dobló ese número, pues se entregaron 8 mil 176. En el 2012, se entregaron 200 becas a jóvenes creadores, casi el doble que en el 2006 (114). Sin embargo, para hacerlo disminuyó significativamente los montos de las becas del Sistema Nacional de Creadores. Se crearon tres categorías, por edad, a las que les corresponde un estímulo diferenciado. Los más jóvenes (aquellos entre 35 y 50 años) son los que reciben una cantidad menor. Los mayores (aquellos de más de 66 años) reciben una cantidad mayor. A cambio, se reformó el reglamento para que el nombramiento pudiera ser continuo. Los creadores recibirían menos dinero, pero podrían gozar de la beca por tiempo indefinido, asegurando así un ingreso a futuro por más de tres años. De la misma manera, requirió a los beneficiarios retribuir a través de su participación en actividades del sector.

Este esquema tiene el mérito innegable de aumentar el número de beneficiarios del programa. Los perdedores fueron los creadores consolidados pertenecientes al SNC, quienes experimentaron una disminución drástica en el monto de sus becas. Si bien los mayores de 66 años son los que potencialmente tienen menos oportunidades para complementar su ingreso realizando otras actividades también es cierto que los gastos de los jóvenes son mayores, pues están en edad reproductiva y deben hacer frente a más obligaciones. Para algunos de ellos el estímulo ya no es suficiente para dedicarse exclusivamente a sus proyectos. La política de retribución tuvo el efecto perverso de acabar con los trabajos remunerados que muchos de estos creadores desempeñaban para complementar su ingreso, pues ahora son parte del “servicio social” que deben rendir. La política de tomar la edad como un criterio y no el mérito sustantivo es anómala, y va en sentido opuesto al sistema a través del cual el Estado complementa el ingreso de los académicos: el Sistema Nacional de Investigadores. En el esquema del Sistema Nacional de Creadores no es claro que se premie a la obra en primer lugar.

Sin embargo, el pleito por las becas hace evidente una patología mayor del esquema en su conjunto y que se remonta a sus orígenes. Está relacionado con los efectos que tiene el financiamiento público en la producción artística en ausencia de otras fuentes significativas de ingreso. En la academia es conocido el fenómeno. Para sobrevivir y florecer en el mundo de la puntocracia, el SNI, el PRIDE, las becas, etcétera, es necesario conformar la producción intelectual a un patrón y criterios estandarizados. Los incentivos acaban por moldear el trabajo intelectual. Lo que importa es la cantidad y no la calidad, se cultiva el pensamiento grupal y se desaniman las apuestas arriesgadas. En las artes esto sería catastrófico. En el caso de los creadores, como ha señalado Rafael Lemus, el escenario es preocupante: “el mayor riesgo: que se invierta tanto en los creadores, se procure tanto su subsistencia, que al final se termine por aislarlos. Puede pasar: que con el pretexto de protegerlos de la inercia mercantil, obstinada en hacer de los productos culturales una mercancía más de la civilización del espectáculo, se les margine no del mercado sino de la sociedad. Hay que ver ya a esos autores, tutelados y subsidiados, que producen mezquinamente: para justificar el próximo subsidio y tutelaje. (…) Qué peor escenario que éste: no la muerte sino la vida artificial de la literatura mexicana. Un grupo de autores subsidiados, felices en su burbuja, pero desactivados. Un montón de obras inofensivas, desatendidas por el público, pero protegidas por las instituciones”. Sería ingenuo pensar que para evitar este fenómeno el Estado puede simplemente retirarse. Sin embargo, tiene razón Lemus cuando afirma que lo que se debería apoyar en primer lugar son los proyectos de los autores. Si éstos crean obras de calidad, esa es la retribución que hacen a la sociedad.

El Gobierno que termina tiene logros notables en el apoyo a la producción cinematográfica: aumentó el presupuesto de 533 millones de pesos en el sexenio anterior a 3 mil 933 millones en el actual. De la misma forma, aumentó el número de libros y revistas en bibliotecas públicas de manera muy notable: de un millón 743 mil 90 a 5 millones 201 mil 933. Los ejemplares digitalizados del Fondo Reservado y Bibliotecas Mexicanas del Siglo XX llegan a 72 mil. En lo sustantivo, hay luces y sombras. La crítica ha cuestionado el programa conmemorativo del Bicentenario de la Independencia y el Centenario de la Revolución Mexicana. Algunos cuestionan la falta de ambición de los proyectos que se llevaron a cabo. Intelectualmente, me parece que se dejó pasar una oportunidad para realizar una revisión de la historia patria de bronce. Sin embargo, no creo que sea responsabilidad exclusiva del Conaculta. Fue el Gobierno en su conjunto el que simplemente no supo qué hacer con esas fechas. No lo supo porque no tuvo clara su relación con el pasado mítico de México.

Ensayista e investigador